viernes, mayo 19, 2006

Adopciones

Xavier Salas, catedrático de la Universidad Pompeu Fabra y creador de la Fundación Umbele, propuso hace ya cerca de un año una forma de devolver la esperanza a los países africanos: que nuestras empresas adopten aldeas y ciudades. Si un ciudadano corriente y moliente puede adoptar a un desahuciado por la fortuna, decía Xavier, ¿por qué no puede una empresa hacer lo mismo con una aldea africana?

Es la nueva acción social solidaria con el tercer mundo. La idea de Xavier, economista de reconocida valía, no es desaprovechable, todo lo contrario. La intención es buena, sin duda, pero una idea como ésta contiene siempre una disyuntiva implícita con connotaciones éticas en las que cualquier alternativa es de difícil justificación porque siempre hay alguna otra tan válida como la elegida.

En ese sentido, el planteamiento de Xavier se me antoja parcial, o quizá sería mejor decir incompleto y con tintes demagógicos. Permítanme que ejemplifique para que entiendan a lo que me refiero, aún sabiendo que son silogismos que hay que examinar aislados de su contexto.

El mismo argumento podría utilizarse para muchos otros temas y países, aunque no estén precisamente en África. Seguramente más de uno dirá que la auténtica responsabilidad social de una empresa es la de crear empleo, y tendría razón, aunque nuestras necesidades no tengan absolutamente ningún parangón con las de aquellos para los que incluso un pedazo de pan es un lujo inalcanzable. El círculo argumental en el que podríamos incurrir sería vicioso: si hay más empleo, podría haber más ciudadanos que adoptaran niños africanos. Y así permaneceríamos en un constante ir y venir de argumentos que, aisladamente considerados, tendrían su parte de razón.

Para quienes tenemos hijos, su futuro es lo más importante. Si el 0,7% de los beneficios de las empresas españolas se destinara a crear un fondo para dar empleo a nuestros jóvenes, ¿cuántos podrían colocarse cada año? Estoy hablando de adoptar jóvenes, o desempleados de larga duración, o integrantes de familias sin un sueldo en casa, o…

¿Y por qué no otro 0,7% para esos países en desarrollo? Estamos hablando de 3,4 euros por cada 100 ganados, es decir, aún quedan 96,6 euros de libre disposición. Estamos hablando también de nuevos cotizantes a la Seguridad Social, que alimentarían nuevas familias, generarían más consumo para las empresas y más riqueza (Como si se tratase de una bolsa de empleo existente fuera de las empresas, una moderna oficina activa de empleo, donde se cubrirían las necesidades empresariales de mano de obra y los empleados se verían retribuidos con esos fondos aportados por todos).

Si la empresa X gana 100, debe destinar 0,7 a crear empleo y otros 0,7 a ayudas al tercer mundo. En definitiva, adoptaríamos jóvenes sin empleo, les daríamos un sueldo por realizar un trabajo, y no como hemos acostumbrado a nuestros desempleados, a darles un sueldo por estar en casa.

Pero por qué no hacer lo mismo con nuestros mayores, con los inmigrantes, los minusválidos, el patrimonio arqueológico, los tesoros culturales, la edición de libros…

Descubrimientos

Encuentro un deleite muy especial en las páginas de ciencia o en las noticias de carácter científico de los diarios. Estos días, por ejemplo, me asombro de que nosotros, en pleno siglo XXI, adoradores de los avances tecnológicos y de ingenios espaciales, predicadores de globalizaciones y del empequeñecimiento del planeta, sigamos haciendo descubrimientos inauditos. No hablo de que una luna de Saturno tenga agua, puesto que todo lo que se encuentra más allá de la estratosfera sigue siendo un gran enigma por desvelar, sino de que nos digan que la isla de Pascua fue un paraíso perdido miltoniano que comenzamos a destrozar hace ochocientos años, o que se haya localizado la tercera catarata más alta del mundo en plena selva peruana, o que en las montañas Foja, en Papúa-Nueva Guinea, existan aún especies desconocidas, que hayamos descubierto un crustáceo con pelo, o que todavía hace pocos días se haya visto por primera vez una ciudadela preinca en el distrito de Lonya Grande, en el Amazonas.

Son los clásicos descubrimientos que te afianzan en la esperanza de que todo tiene remedio: se acabará el petróleo, pero seguro que encontraremos yacimientos nuevos; acabaremos con el buitre leonado, pero aparecerán nuevas especies de aves que no conocíamos; joderemos el oxígeno del planeta, pero inventaremos una máquina que lo obtenga de todo tipo de compuestos químicos que tengan la mínima partícula de ese elemento indispensable para nuestra subsistencia.

Confieso una admiración secreta por cuantos dedican su vida a la noble tarea de la investigación: en ellos depositamos nuestro futuro. Admiración que, reconozco, no les ayuda lo más mínimo para pagarles el colegio a los críos o para comprar esos libros que cada día son más caros. Una admiración que, por otra parte, no les evita una profunda decepción ante los nuevos ídolos de los medios, del pueblo soberano, toda esa gentuza que hace de su vida privada su principal medio de subsistencia (por cierto, increíblemente bien remunerado) y que fomentamos como modelos para una juventud que debe contentarse con el esfuerzo presupuestario de una administración que pagará a un puñado de nuestras jóvenes mentes brillantes hasta 600 euros al mes. ¡Menudo despilfarro! A todos esos mequetrefes se les paga diez veces más por treinta minutos de su valioso tiempo dedicado a discutir por si salieron o no con el hijo de la vecina del tío de la de enfrente… ¡Todo un descubrimiento!

Vigo

Una vez más me acerco a Vigo, una ciudad agreste para el transeúnte. Es como un balcón al mar, de bellas vistas, pero de difícil acceso. Apasionado como soy al paseo lento y solícito de terrazas y fachadas, me recreo de nuevo en su arquitectura racional y en el área que abarca desde Gran Vía al Puerto, con Pi i Margall y Urzáiz, aproximadamente, como principales lindes. En el centro, el Castro, una fortaleza natural y casi inexpugnable. Desde sus atalayas se observa un Vigo industrial y marítimo, pujante y laborioso. Aquí se concentra la mayor oferta laboral de Galicia, pero también es la nueva personificación de los reinos de Taifás, con sus innumerables contradicciones y peleas internas. A Vigo le falta un dirigente que aglutine voluntades para convertirse en la Barcelona del Atlántico. Y puestos a pedir, si fuera algo más llana, mejor, aunque sólo fuera por consideración a quienes preferimos la velocidad del pie a la del tranvía. Aunque en este caso posiblemente no fuera necesario un laberinto urbanístico como el de la ciudad olívica, con un campus universitario que me asustó la primera vez que lo visité, por mal comunicado y distante de la ciudad. Lo siento, pero he disfrutado siempre del campus pegado a la ciudad, con metro, autobuses y bellos paseos primaverales. Digamos que hablo de Barcelona o de Madrid, por no citar a Salamanca o Santiago con sus facultades en pleno corazón artístico y monumental. Al pretexto del espacio siempre le objeto el pretexto de la especulación y el precio del suelo, porque hace años en muchas de nuestras ciudades lo que sobraba era suelo y lo que faltaba era planificación. La vida urbana es más intensa cuando los estudiantes forman parte de su paisaje cotidiano. Santiago no sería lo que es sin su tuna y su Alameda. Lo mismo pasó con el campus de Riazor: ya no es lo mismo para quienes conocimos el antes y el después de su emigración a Elviña, que también carece de una comunicación ágil y racional. Pero Vigo apostó por una ciudad universitaria en toda la extensión de la palabra, aunque con débil equipamiento estudiantil hasta el momento. Sigo Gran Vía arriba, hacia Plaza de España, y comienzo a sentir las cuestas en mis piernas.

lunes, mayo 08, 2006

Competitividad

La primera vez que pisé un periódico fue para encargarme de la sección de Extranjero. Fue hace veinte años, pero en aquella época todavía se trabajaba con teletipos y la maquetación se hacía con tipómetro y mucha intuición. Gané la admiración de mis superiores cuando el responsable de talleres les comentó que las páginas de aquel gallego novato habían quedado clavadas, sin necesidad de tocar una sola línea.

Tiempo después, y gracias a que toda la vida me he dedicado a estudiar los temas más diversos, estaba sentado ante un ingenio mecánico que facilitaba sobremanera la contabilidad de los clientes de una empresa de coloniales. Me consideraba bueno en Contabilidad, y por tal me habían contratado, pero jamás había visto en mi vida una Soentron como aquella, que no tardé en dominar en un par de días.

Lo mismo me sucedió en sucesivas ocasiones ante máquinas, ordenadores (uno de los primeros ordenadores personales de una conocida empresa lo tuve en mis manos) y software de diversas clases. Sin embargo, siempre he quedado perplejo ante la insistencia en que la tecnología y los costes son los que marcan la diferencia de competitividad en las organizaciones. Efectivamente es así entre organizaciones que fabrican el mismo producto y que se diferencien por su nivel tecnológico o por su estructura de costes, pero el contrapunto a la posesión de tecnología se encuentra en que ésta es fácilmente adquirible y no resulta difícil aprender su manejo. Y digo “aprender”, no “comprender”. Los países emergentes de Oriente no sólo se caracterizan por sus bajos costes salariales, sino porque están incorporando con gran celeridad las nuevas tecnologías a una mano de obra barata que aprende con facilidad.

Por eso pongo los ejemplos. La tecnología en sí misma es un elemento diferencial a corto plazo. Lo que realmente diferencia a una organización de otra es su capital intelectual, que no es copiable en absoluto, y que es el que marca la diferenciación, permanente en el tiempo, a través de procesos de innovación.

Existe un principio básico de actuación en marketing que dice que no debes actuar antes de establecer tus objetivos. De igual manera, en la economía productiva ningún empresario actuaría antes de conocer a fondo su negocio. Sin embargo, a diario nos encontramos con ejemplos de todo lo contrario: dirigentes de todos los ámbitos que actúan sin objetivos y sin conocimiento de lo que llevan entre manos, o que recurren al lugar común como la mejor definición de una situación dada.

Un ejemplo lo tenemos en la educación como valor para la competitividad empresarial. La repetida expresión que afirma que el personal es el elemento más importante de la empresa, no se ve correspondida con una estrategia de recursos humanos que planifique, reclute, gestione y potencie un valor tan decisivo para las organizaciones.

Si le pedimos a alguien que describa nuestra época, recurrirá a los clichés por todos utilizados. El más común, posiblemente, sea el de “sociedad de la información”: una definición que encontramos en el primer capítulo de numerosos ensayos de literatura empresarial y de management. Y efectivamente lo es, no lo vamos a poner en duda, pero describir una época no significa describir un escenario futurible, sino ser consciente del punto de partida. La diferencia entre ambos estadios radica en que el trayecto de uno a otro se recorre mediante la gestión del cambio: Desde un punto de partida a un punto deseable.

Analizar el entorno diciendo que estamos en la sociedad de la información, la innovación y la importancia de la tecnología no significa más que describir lo que nos rodea, pero no a dónde queremos llegar. Y a donde va nuestra sociedad no es a otra sociedad de la información, sino de la educación, una “sociedad educativa” donde la educación durante toda la vida será la que abra la puerta a la creación de conocimiento sobre el que fundamentar la innovación y la diferenciación. A eso se refería la UNESCO en el informe de 2001. Cinco años después, seguimos comprobando que la formación no es un elemento pilar del futuro de nuestra sociedad. Si no podemos competir en costes, busquemos otra variable para hacerlo. A eso se le llama crear mercados, buscar la diferenciación.



Punto y final

No haré caso a Whitman y escribiré poemas que se refieran a las partes y no al todo, aunque la ortodoxia del género me diga que no es lo correcto. En estos momentos, ante el folio en blanco, debo cumplir con la obligación contraída de los dos artículos semanales aunque no pueda pensar en otra cosa que no sea el futuro como parte del pasado. “El futuro al fin tiene cara”, escribía Octavio Paz. El futuro, en la cuarta planta del hospital Novoa Santos de Ferrol, tiene la cara de la esperanza resignada a su mala suerte. Llevo un mes entrando y saliendo de ese edificio con aire de pazo gallego, donde aún se oyen los pájaros y huele a verde de pinos y lluvia.

La cuarta planta es un taller donde se escribe el último párrafo de la historia personal de sus habitantes. “Es una planta especial”, te dicen cuando atraviesas la puerta por primera vez pensando en la nefasta rutina de la Seguridad Social. El tiempo hará que todos los defectos que has criticado a un régimen de sanidad pública gestionado con criterios funcionariales, se ven paliados con un centro como éste, donde todavía el hombre es un ser humano.

Decía que la cuarta planta es donde, si quieres, recuerdas, y si quieres, olvidas, como versificaba la poetisa Christina Rosetti. Allí sus inquilinos escogen, con la paciencia de quien se sabe ajeno al tiempo, sus últimas palabras y las hilvanan como pueden y saben antes de que nosotros, censores del lenguaje, les pongamos el punto y final.

Yo sé que me recordaste en estos últimos días porque te delataron tus pocas palabras. No he podido retenerte, ni hubiera sabido. Dicen que el dolor es lo único que llena el vacío del amigo ausente. Para mí, pequeño admirador de Unamuno, lo que llena ese vacío es el recuerdo, el único vencedor de la muerte.

No llegué a saber qué me querías, aunque lo imagino. Fueron muchos años juntos, creciendo hombro con hombro, y me otorgo el derecho a saberlo, y más cuando sé que llevabas diez años luchando sólo para ver crecer a tu hija. No creo que importe otra cosa llegado el momento. No te preocupes; sabré hacerlo.