miércoles, junio 07, 2006

Estudiantes

Lo mejor de la Universidad son los estudiantes. No lo digo yo, que probablemente no sería tan rotundo en esta afirmación, sino un catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid, Jesús García Jiménez, con el que hace pocos días tuve la oportunidad de intercambiar impresiones sobre el entorno de la comunicación organizacional. Fue en Madrid y a pocos metros, en la calle Alcalá, desfilaría una manifestación estudiantil contra la reforma de Bolonia. Madrid sigue siendo el hervidero de obras de Gallardón aderezado con el pimentón de la T-4 del aeropuerto de Barajas.

Las declaraciones de Jesús venían a cuento de sus apreciaciones sobre la inversión en formación de las empresas en los últimos años. “Hay directivos de tan corta talla intelectual que empiezan a recortar los gastos por la formación y la comunicación, porque son incapaces de verlos como inversión”, añadía, mientras me comentaba la enorme decadencia que se había producido en los últimos años en los cursos, seminarios y congresos de comunicación. “No hace mucho tiempo no había programa formativo de un centro de formación que no contuviera algún seminario sobre comunicación organizacional; ahora es prácticamente imposible verlos”.

Efectivamente, en los últimos tres o cuatro años han desaparecido radicalmente, porque ha entrado una nueva generación que adolece de todos los defectos de una formación eternamente puesta en tela de juicio por cuanto ministro y Gobierno entraba en el poder. “Y en materia de Comunicación Organizacional, la Universidad sigue al margen de las tendencias que existen en otros países”, afirmaba.

Aún así, para quien por primera vez escribió en España sobre comunicación interna en las organizaciones, los estudiantes siguen siendo lo mejor del sistema. En ellos depositmos siempre la esperanza de que lo que viene será mejor que lo que tenemos.

viernes, mayo 26, 2006

Kepler

En un momento en el que el sector editorial se queja de la escasa lectura entre la población (lo que es cierto), el poco apoyo oficial a la edición (lo que es discutible, por cuanto el discurso de trasladar la responsabilidad de los temas a los organismos oficiales es fácil y poco original) y la falta de incentivación al mercado (lo que es evidente), existen iniciativas que llaman la atención por su grado de originalidad e innovación.

El proyecto Kepler se presentó en Madrid como iniciativa de una joven y pequeña editorial coruñesa que busca 90 títulos técnicos para editar en 2006 y a los que destina millón y medio de euros. El proyecto va acompañado por numerosas iniciativas que fomentan la transparencia en la relación autor y editor y que suponen la irrupción en el sector de las nuevas tecnologías de la comunicación que son habituales en el sector financiero.

Curiosamente, a este proyecto se le ha bautizado con el nombre del astrónomo que intentó describir la armonía del universo conforme a las leyes pitagóricas y que acabó descubriendo sus tres leyes como consecuencia de las observaciones de Brahe a su obra. Teoría, refutación y nueva teoría. Así progresa la ciencia, y así lo hace un sector que, como el resto de la economía, sólo necesita de ideas originales e innovadoras para que entre todos busquen la solución al problema que se intenta resolver: la introducción del libro en los hogares como un artículo más del cesto de la compra.

viernes, mayo 19, 2006

Profesional

“No he venido a cantar, podéis llevaros la guitarra”, decía León Felipe. Yo tampoco quiero cantar, sino hablar en voz baja, como en confidencia, sentado ante el café de cada mañana, pero esta vez con el mármol frío y las nubes de una primavera aún sin flores.

Quiero confesar algunos de mis sentimientos al recrear una parte de mi camino como romero, sin más oficio, romero sólo. Pasamos por la vida una vez y nos cruzamos en el camino con seres de todas las apariencias, razas y creencias. Hay seres que van sembrando grano y seres que se dedican a picotear y arruinar cosechas. Hay seres que te acompañan un buen trecho, bajo castaños y robledales, disfrutando de la compañía amena, del buen hacer y el mejor enseñar, y seres que aún en su sencillez saben volcar valores y dignidad. Emilio Veiga es uno de esos seres que te enriquecen profesional y humanamente, que es lo mejor que se puede decir de una persona.

He tenido la oportunidad y la suerte de compartir dos años con él en una relación fluida presidida por el respeto mutuo, la humanidad y la profesionalidad. El café de cada mañana era la oportunidad para intercambiar ideas, contarnos historias o pedir pareceres. Por mi parte, confieso que ha sido una oportunidad para enriquecerme profesionalmente. Hay gente que merece que te descubras porque sabe aportar cosas, y gente que no merece más allá de lo que exigen las buenas maneras y la educación.

Para mí, Emilio Veiga ha sido un profesional con todas las letras y la extensión de la palabra. Ha sabido aportar cosas y enseñar otras formas de hacer lo mismo. A eso algunos le llaman innovación; yo le llamo profesionalidad. Después de dos años, lo que uno desea es poder presentar un buen balance de cosas hechas. Eso es lo que se espera de cualquiera que desarrolla un trabajo. Pero si, además, ese trabajo es el fruto de una formación envidiable, perfecto. Capital Intelectual a tope: Duke y Esade han hecho su labor, y tú pusiste tu sello personal.

A partir de ahora el café va a ser distinto, sin duda, porque ese camino que hemos recorrido en nuestra peregrinación por la vida nos ha cambiado también.

Hasta pronto.

De Armas tomar

Boquiabierto me he quedado ante el artículo de Armas Marcelo en ABC que tenía pendiente sobre la mesa de mi escritorio, en el que critica apasionadamente a la directora de cine Anette Olesen por haber antepuesto el respeto a la libertad de expresión. El motivo, por supuesto, no era otro que las caricaturas de Mahoma. Y para ello, el escritor canario hace uso de Popper y Freud (por cierto, a este último, cuyo nombre ha utilizado en el título, sólo lo menciona en la última línea del artículo).

Confieso que empieza a aburrirme el tema. Sobre todo, porque no acabo de entender ese fanatismo ideológico con que unos y otros se atrincheran defendiendo los valores más sagrados de sus respectivas culturas, incapaces de elevarse un palmo del suelo y, al modo budista y antes de abrir la boca, rezar algo similar a “debo respetar la cultura del prójimo”. Porque ese es el auténtico germen de la libertad: el respeto. Nadie tiene por qué comulgar con nuestras ideas ni nos podemos sentir paladines de nadie. No se les falta a los musulmanes más moderados, señor Armas Marcelo, por afianzarnos inalterablemente en nuestra “verdad” conquistada a la historia. No haga que le recuerde cuántas verdades históricas pueblan la ignominia humana.

Normalmente, detrás de las ideas siempre se encuentran los intereses. La Historia, la gran maestra del hombre, nos lo recuerda a cada instante. Incluso los católicos hemos sufrido una Inquisición ignominiosa; no digamos ya las polémicas permanentes que se originaron (y todavía subsisten) con la conquista colonial de las Indias por Cristóbal Colón y los “justos títulos” esgrimidos por unos y otros.

Sólo hace falta leer con detenimiento sus propias palabras, aquellas que utiliza para argumentar sus razonamientos: “…defienden el sentido obligatorio del respeto a las religiones por encima de la libertad de expresión”. Evidentemente, caballero, porque el respeto, sea a lo que sea, es una premisa del ser social, del hombre que vive en sociedad. Si no hay respeto a la persona, a la vida, a las ideas del prójimo, a su carácter y personalidad, a su cultura…, no puede haber, amigo mío, libertad de expresión. Es imposible. Aunque intente adjudicar argumentos serios y respetables a posiciones doctrinarias cuestionables, como ha hecho con una frase como “me gustaría preguntar si los dibujos publicados en la prensa alemana en los que se ridiculizaba a los judíos también formaban parte de ese concepto (libertad de expresión)”. Ese tipo de técnicas ya han sido analizadas previamente por lingüistas de prestigio. Le recomiendo la atenta lectura del libro de Malmberg “El poder de la palabra”.

No, señor Marcelo. La sociedad abierta de Popper es una sociedad donde se pone en tela de juicio el concepto de verdad eterna e inalterable. La verdad para Popper, aunque suene duro, es una “verdad útil”. Puesto a recomendarle, y con toda la modestia, también le aconsejo volver a leer la obra de este filósofo.

Comunicación pública

Hay tres principios esenciales para la comunicación de la Administración Pública. Por un lado, un imperativo legal que preside la actuación de las administraciones, que es la obligación de coordinación, impuesta por el ordenamiento jurídico; en segundo lugar, la transparencia, aunque ha sido siempre un principio de actuación no inherente a las políticas de los diversos organismos, pero que es un requisito ineludible si atendemos al carácter de servicio público que tienen las actuaciones de las administraciones, y por último, el requisito común para todas las estrategias de comunicación en las organizaciones, que es la de tener un mensaje único que transmitir.

Cuando cualquiera de estos tres principios faltan en la relación de nuestras Administraciones con el ciudadano, su cliente, hay que pensar que es muy probable que en la cocina del Ejecutivo existan demasiados maitres que den órdenes y pocos camareros sirviendo platos.